PALABRAS, MARIO, A TI SIEMPRE TE HAN PERDIDO LAS PALABRAS

Todavía sigo profundamente emocionada tras haber asistido al montaje de “Cinco horas con Mario” que desde hace un par de semanas se está representando en el Teatro Reina Victoria de Madrid. No hace falta decir que esta novela de Miguel Delibes es todo un clásico de los monólogos teatrales, aun cuando su autor reconociera en varias ocasiones que no se sentía capacitado para escribir teatro, y de hecho “Cinco horas con Mario” se califica como una novela. Aún se sigue hablando de las maravillosas representaciones de esta obra a cargo de Lola Herrera, que durante años y años se metió de lleno en la piel y en el mundo de Carmen Sotillo, la viuda de Mario. Años después, es otra actriz maravillosa quien recoge el testigo, y vemos a Natalia Millán, interpretando a una magnífica y totalmente creíble Carmen Sotillo. Estoy segura de que este montaje traerá cola y que se mantendrá en cartel durante mucho tiempo, así como que, dentro de unos años, se seguirá hablando de él. Me quedará toda la vida, la espinita de no haber visto a Lola Herrera sobre las tablas interpretando a Carmen Sotillo.


CINCO HORAS CON MARIO, UN TEXTO REDONDO.

Creo que casi todo el mundo conoce la obra, yo la leí estudiando BUP y la releí hace cinco o seis años. “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes, es una auténtica obra de arte. Creo que todos los españoles sentimos en el alma hace unos meses la muerte de uno de nuestros mejores literatos, que se iba a la tumba sin el reconocimiento debido en forma de Nobel. Como texto y teniendo en cuenta la época en la que fue escrita (en plena dictadura franquista y con la censura pisando los talones) “Cinco horas con Mario es una auténtica joya”.

Se trata de un texto tan profundo, tan intenso, y tan lleno de guiños, que ya de por sí encandila. El hilo conductor de la obra es sencillo: Mario, catedrático de instituto e irreverente izquierdista acaba de fallecer, víctima de un fulminante ataque al corazón. Esa misma noche, cuando todas las visitas se han marchado del velatorio, su viuda, Carmen Sotillo (tradicional mujer educada con una clara mentalidad de derechas) se sienta al lado del féretro durante cinco largas horas (que al lector se le pasarán volando y al espectador ya ni os cuento) en las que le echa en cara una vida entera.

Después de haberla visto representada el domingo pasado, aún me pregunto cómo este texto fue capaz de burlar a la censura. Está claro que no hay más ciego que quien no quiere ver. Sin duda el censor que leyó el texto pensaría en él de una forma lineal, y pensaría que incluso Miguel Delibes estaba ensalzando los valores franquistas en boca de Carmen Sotillo. Pero en realidad es todo lo contrario, una continua ironía en la que Delibes pone en boca de Carmen todas aquellas necedades con que tuvieron que crecer las generaciones de la posguerra, creyendo que los buenos eran ellos, y solamente ellos, mientras que los malos eran todos aquellos que pensaban de un modo diferente (la eterna dicotomía de Las dos Españas de Machado, qué vamos a decir que no se haya dicho ya). Por ello, Carmen Sotillo, su familia, y todo lo que ella representa encarnan los “buenos valores del régimen franquista”; mientras que “la pobre” tuvo la inmensa desgracia de casarse con un hombre con tendencias “demasiado rojillas”, que nunca sabía callarse para sacar beneficio y que siempre decía las cosas que no debían decirse demasiado altas, sin hacer caso a los “sabios” consejos de su mujer y su suegro, personas de bien.

El texto de Delibes, insisto, es maravilloso. Y si uno es capaz de captar los matices leyéndolo, viéndolo en teatro todo queda mucho más claro aún. Incluso los pequeños guiños más sutiles aún de Delibes. Porque salvo la lectura taaaan lineal que pudo hacer la censura, cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta del espíritu que realmente quiere recoger el texto, que es precisamente el contrario al que le achacaron los censores. Pero después de ese inicial nivel de sutileza, podemos leer otro nivel más profundo. Como cuando a Delibes se le ocurrió que la hermana de Carmen, también una niña bien como ella, educada a la vieja usanza, terminase quedándose embarazada de un soldado italiano casado en su país, y que hasta la madre de ambas intentó que en Roma declarasen nulo el matrimonio (por el qué dirán, ya se sabe), pero no pudo porque había hijos (no le hubiese importado a la mujer llevarse por delante lo que hubiese hecho falta, siempre con sus buenos principios por bandera). O cuando la propia Carmen, tan regia y digna ella, con unos inquebrantables principios, duda en caer en los brazos de otro hombre. Uy, uy, uy… parece que no sólo la carne es débil sino que tanto para los de un bando como para los del otro escupir para arriba tiene el mismo resultado, porque la ley de la gravedad es implacable para todos.

LOS PERSONAJES DE LA OBRA, O DE ESTE MONTAJE PARA SER MÁS EXACTOS.

La obra “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes es un monólogo, o al menos eso era hasta el momento. El único personaje de la obra era el de la viuda, Carmen Sotillo, quien durante cinco horas monologaba delante del féretro de su marido, repasando toda su vida juntos y echándole en cara ciertas características rojillas de él. Como mucho, podemos entender que Mario es otro personaje, aunque en ningún momento aparece en escena. La obra comienza con la esquela y a lo largo del transcurso de toda la representación Mario aparece supuestamente dentro del féretro.

MARIO DÍEZ COLLADO, UN LIBREPENSADOR EN PLENA DICTADURA.

El difunto Mario, catedrático de instituto, es un librepensador con serias tendencias izquierdistas en plena Dictadura Franquista. Su familia poco o nada tiene que ver con la familia de su mujer, razón por la que la educación que ha recibido, tampoco tendrá que ver mucho con la de Carmen. Mario era una persona íntegra, que se guiaba por sus propios pensamientos y lo que la conciencia le dictaba en cada momento. No le hacía la pelota a nadie ni cantaba el Cara el Sol para ganar puntos, todo lo contrario. Además, era un hombre que conocía el poder de las palabras, los libros y él eran todo uno. Se alejaba de convencionalismos: iba al instituto en bicicleta, por mucho que su mujer se lo afeara, y no tenía pensado comprarse un seiscientos, por mucho que Carmen pataleara por tener uno. En definitiva, era un hombre que le tocó vivir una época difícil, unos años en los que pensar por uno mismo y creer en las palabras y en la conciencia era lo peor que se podía hacer.

CARMEN SOTILLO, UNA MUJER EDUCADA DE UNA MANERA CONSERVADORA.

Carmen era una niña bien de una familia bien que nunca dio que hablar. Como mujer, no necesitaba estudiar, lo que tenía que hacer era convertirse en una abnegada madre y esposa, buena administradora de su casa. Sabía que muchas veces había que mirar para otro lado o hacerle reverencias a alguien para conseguir de parte de éste algo que le interesase. Y eso no era malo, así era la vida. Igual que estaba claro quiénes eran los buenos (los de su clase) y quiénes los malos. Las señoras habían nacido para ser señoras, y hay que ver, que hasta las sirvientas quieren ir de señoras yendo al cine en patio de butacas y todo. Carmen no es capaz de ver más allá de los límites (estrechos) que le ha conferido su educación. Se avergüenza de lo que ella llama las temeridades de Mario, y le reprocha que a él siempre le han perdido las palabras, sin entender que uno tiene que tener conciencia, palabras y hechos.

Como os decía, “Cinco horas con Mario”, tal como Delibes la concibió, no tenía más personajes. Sin embargo, en este nuevo montaje (en el que el propio Delibes participó antes de su muerte, sin poder llegar a ver su resultado) aparece un nuevo personaje:

MARIO, EL HIJO MAYOR DE CARMEN Y MARIO.

Uno de los temores más grandes de Carmen en este montaje es que las excentricidades de su marido sean heredadas por alguno de sus hijos, especialmente por su hijo Mario, que es quien más se le parece. Y es que este hijo es una viva imagen de su padre, con sus mismas locas ideas. Debe de ser que el ir con su padre en la bici le ha derretido el entendimiento, o eso piensa Carmen.

Cuando me enteré de que en la obra aparecía un hijo, no me lo podía creer. Y a éste, ¿de dónde se lo han sacado supuestamente? Pero es que cuando vi entrar en escena al actor que encarnaba al hijo del Resines en los Serrano, el maldito Guille, casi me da algo. Porque crecer ha crecido, pero la cara de pasmarote que siempre ha tenido, no se le ha quitado con los años.

Lo que dice el hijo está claro que no habría superado la censura. No digo yo que no quede más claro lo que realmente Delibes quiso decir con esta obra, pero a buen entendedor… El hijo de Mario, digno heredero de su padre, le dice unas cuantas verdades a su madre. Le intenta hacer ver que el hecho de que una cosa creamos que sea de una forma porque es lo que nos han dicho toda la vida, no quiere decir que realmente sea así precisamente. Es reveladora una frase que dice, frase que creo que no le habría pasado desapercibida ni al censor más garrulo. Viene a decir algo así como que a la gente como Carmen les han enseñado que los buenos se ponen a la derecha y los malos a la izquierda, y que ellos nunca han cuestionado lo que les han contado. Revelador, ¿no?


LA FANTÁSTICA NATALIA MILLÁN EN EL PAPEL DE CARMEN SOTILLO.

Reitero que una de las grandes espinitas que me quedan es el no haber visto a Lola Herrera ponerse en la piel de Carmen Sotillo, probablemente el personaje femenino más famoso salido de la pluma del gran Miguel Delibes. Pero aún así, me atrevo a aventurar, que, a pesar de las diferencias que pueda haber entre ambas interpretaciones, Natalia Millán interpreta a una maravillosa Carmen Sotillo llena de matices.

Tiene que ser realmente difícil no sólo dar vida a Carmen Sotillo (personaje que ya de por sí es difícil por todos los matices que posee y por lo que realmente quiere transmitir), sino que además, estar sola en el escenario durante aproximadamente una hora y media y ser capaz en ese tiempo de conseguir que el público mantenga la atención, no es nada fácil. Y Natalia Millán sin duda lo consigue, realiza una interpretación llena de momentos fantásticos, sube, baja, llora, ríe… y siempre, haga lo que haga, te lo crees.

Difícil este papel, difícil el texto, pero más difícil es parecer una cosa y querer transmitir otra. Porque Carmen no pensaba por sí misma porque de pequeñita le habían enseñado a que pensar es malo, y que además una mujer no debía pensar. Al igual que las palabras son malas, muy malas, porque con ellas se transmiten ideas, y en aquella época, las ideas eran otro enemigo a combatir a balas si era posible. Pero a través de lo que dice Carmen, conoceremos las ideas de Mario, cómo era, cómo vivía, su conciencia, su integridad, su cabezonería por defender con palabras y hechos sus ideas. Y de ahí, el buen entendedor es capaz de captar los matices, de ver lo que realmente Delibes quería transmitir y que gracias al cielo no lo captó la censura, porque si no, nos habríamos quedado sin esta obra maravillosa.


LA EXPERIENCIA DE ITACA.

Fascinada, ésa es la palabra. Así quedé tras asistir a esta representación el domingo pasada. Probablemente en aquel momento, si alguien me hubiese preguntado, no habría encontrado las palabras para definirla. Pero yo, como Mario, creo en las palabras y en las ideas, en la conciencia y en no creer todo aquello que nos contaron, porque quizá algunas cosas nunca fueron ciertas.

Me ha gustado muchísimo este montaje, y creo que la elección de Natalia Millán ha sido todo un acierto. Cada vez me gusta más esta actriz, es tan creíble en todo lo que hace… Me han encantado cada uno de los matices con los que consigue configurar la personalidad de Carmen Sotillo. Creo además que la decoración y la iluminación resultaban muy acertadas. El atrezzo era realmente acertado, moderno y a la vez atemporal, con los libros de Mario dados la vuelta porque Carmen pensaba que los lomos de colores no representaban el luto que la casa debía tener (otra vez la dicotomía entre la forma de pensar de Mario y la de Carmen). La decoración era sencilla, incluso escueta, nada recargada, pero sin embargo perfecta. El juego de luces de la iluminación sobre el fondo, pasando de morado a gris, a verde, a ocre… también acertadísimo.

En la parte negativa, decir que una camiseta no era algo con lo que las mujeres se vistieran, menos aún de luto, el día del velatorio de su marido. Y muchísimo menos Carmen Sotillo, tan chapada a la antigua, por lo que creo que deberían pensar en cambiar esa parte del vestuario. Tampoco pega mucho que se vea la etiqueta interior de la rebeca negra que ella lleva puesta.

Y lo que no me ha gustado (quizá la chapada a la antigua en este caso sea yo) es la inclusión del hijo y muchísimo menos la elección del actor que le da vida, que aunque lo haga razonablemente pasable (su papel son veinte líneas de texto, así que ni tiene ocasión de lucirse ni de hacer el ridículo), la cara de bobalicón que tiene el pobre, pues sobra.


PALABRAS… LAS PALABRAS Y LAS IDEAS TIENEN EL PODER DE CAMBIAR EL MUNDO.

Yo soy de las nostálgicas y soñadoras que creen que las palabras sí tienen valor, mucho más que nada. Las palabras son la forma de expresar nuestras ideas, y las ideas y el pensamiento son lo más importante que tenemos los seres humanos. Sobre todo cuando esas ideas son propias y nuestra conciencia es la que rige sobre ellas.

Me he emocionado al ver esta representación, al recordar al gran Miguel Delibes, y sobre todo al saborear cada parte del texto, y al verlo representado delante de nuestros ojos, captar sus matices, maravillarme porque las palabras y las ideas fueron capaces de burlar a los censores, que tenían pocas palabras y menos ideas, sobre todo propias.

Palabras, Mario, a ti siempre te han perdido las palabras.

Benditas palabras que nos has dejado Delibes, bendito tu personaje Mario Díez y el legado que ambos nos habéis dado.

Palabras… yo seguiré creyendo en las palabras toda mi vida.



Comentarios

Espe ha dicho que…
A ver si puedo ir a verla, que me apetece un montón.

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