EL TERCER FELIPE: EL REY PIADOSO


Soy Felipe III, el hijo varón que heredó el trono de España y que mi padre, Felipe II, nunca creyó que podría llegar a tener. Y si queréis conocer todo lo que tengo que contaros, os invito a leer todo lo que tengo que deciros.
No sé si conocéis la historia de Felipe II, Hijo del Emperador Carlos V y gran Rey de las Españas, en cuyos territorios jamás se ponía el sol. Pero creo que es imprescindible conocer la historia de mi padre para entender la mía.

Felipe II, hijo del Emperador Carlos V, gobernó con mano férrea los destinos del Imperio Español desde su ascenso al trono tras la cesión que le hizo su padre el 16 de enero de 1.556 hasta su muerte el 13 de septiembre de 1.598 en sus aposentos privados en el Monasterio de El Escorial, obra a la que dedicó gran parte de su vida. Durante más de 40 años, mi padre defendió a capa y a espada su país y su corona y no dudó en emprender grandes guerras contra otros países, como su incursión con La Armada Invencible contra Inglaterra.

Mi padre además se casó cuatro veces, en busca del heredero varón al trono español, que tantas décadas tardaría en llegar. Primero se casó con su doble prima (por parte de padre y de madre) Manuela de Portugal, con quien engendraría un único hijo varón, el Infante Don Carlos, su madre, Doña Manuela, moriría en el parto. Mi hermano, a quien yo no llegué a conocer, al parecer sufría una importante enfermedad mental, y dice la leyenda negra que mi padre lo encerró en una torre, hasta que se murió de inanición. Pero hay quien dice que mi padre nunca se recuperó de la pérdida de su hijo varón.
La segunda vez, mi padre se casó con su medio prima la reina María I de Inglaterra (conocida como Bloody Mary ). Aquel matrimonio tampoco funcionó, duró cinco años, hasta que ella se murió, convivieron muy poco tiempo (mi padre se pasó años viajando por Europa) y nunca tuvieron hijos.

A la muerte de María I, mi padre se casó con una princesa francesa, Isabel de Valois, quien siempre se ha dicho que fue el gran amor de mi padre. Con ella sí logró tener descendencia; tuvo dos hijas bellísimas: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, a las que mi padre amó por encima del cielo y de la tierra. Se dice que anhelaba que fuese Isabel Clara Eugenia quien heredase el trono de España, pero a la prematura muerte de Isabel, siguió recibiendo presiones para que volviese a casarse y engendrase por fin un hijo varón que heredase el trono español.
Por ello, se casó por cuarta vez ya con mi madre, Ana de Austria, que era sobrina de mi padre (hija de su hermana María). Con ella tuvo cinco hijos: cuatro varones y una niña, Fernando, Carlos Lorenzo, Diego Félix, Felipe (Yo) y María, pero todos murieron en la infancia, excepto yo, que llegué a convertirme en el siguiente rey de España a la muerte de mi padre, ascendí al trono como el Tercero de los Felipes.

Desgraciadamente, mi madre también murió joven y, eso sí, una vez conseguido su propósito de conseguir un heredero varón al trono. Felipe II sabía que su futuro y el de su dinastía estaban en juego, y trabajó con ahínco para conseguir su sucesor a un hijo varón.

Mi vida y mi reinado he de reconocer que tal vez pasaron más bien sin pena ni gloria (aunque visto lo que ocurrió después, creo que no estuvo mal). Pasé a la historia con el sobrenombre de El Piadoso por caracterizarme por ser una persona de fuertes creencias religiosas. Al contrario que mi padre, y al igual que hiciera mi abuelo, me casé una sola vez, con el gran amor de mi vida. Mi esposa,Margarita de Austria-Estiria, me dio ocho hijos, de los cuales cinco llegaron a la edad adulta. El varón mayor de ellos, mi hijo Felipe, sería mi sucesor y se convertiría en Felipe IV.

Muchas veces pienso que no me merezco este emplazamiento tan regio, en plena Plaza Mayor de Madrid, ya que fui yo quien decidió, durante unos años, llevarme la capital de España desde Madrid hasta Valladolid. Mi padre, Felipe II, había instaurado la Corte y la Capital de España en Madrid, pero bajo mi reinado, influenciado por el Duque de Lerma, decidí trasladar la Corte, durante unos años, a Valladolid. Como se dice ahora, me temo que la lié parda, creo que fui en gran parte responsable de la primera gran burbuja inmobiliaria que se formó. La especulación salpicó a casi todos, incluido a mi valido.
El Duque de Lerma fue mi principal valido. Hasta entonces, los Reyes habían gobernado por ellos mismos, pero yo instauré la figura del valido, que disponía de mi autorización para ejercer mi poder. Desgraciadamente, el Duque de Lerma era un oportunista que, en la mayoría de las ocasiones, utilizó mi poder para su propio beneficio y no se preocupó del verdadero bienestar de España.

Quizá por todo ello, debería ser mi padre quien se erigiera en forma de estatua en un lugar tan fundamental de Madrid. Aunque éste es un tema que, por lo que me han contado, está efervescente ahora mismo. Ha habido en las últimas semanas una consulta popular para erigir una estatua de mi padre en Madrid (actualmente sólo hay una y no está expuesta al público, sino que se encuentra en el Museo del Prado). Finalmente, se ha decidido que el gran Felipe II se erija en medio de la Plaza de la Villa, muy cerca de la Plaza Mayor donde mi estatua se erige, en mitad de la misma, en medio de edificios tan míticos como el de La Panadería y La Carnicería.


Seré feliz el día que sepa que mi padre está tan cerca, aunque no pueda verlo. También sé que mi hijo se encuentra inmortalizado en estatua un poco más allá, en los jardines frente al actual Palacio Real y donde se erigió en su momento el Alcázar de los Austrias, que yo mismo habité.


Nuestras tres estatuas me temo que nada tendrán que ver entre sí. Mi padre, el rey Felipe II, se erige de pie, férreo, con la mirada al frente y apoyado firmemente en el suelo.
Por mi parte, yo he sido inmortalizado en una estatua ecuestre, pero mi caballo levanta una única pata (la delantera izquierda) del suelo.


Mucho más espectacular resulta la escultura de mi hijo Felipe IV, también ecuestre. Pero en su caso, el caballo levanta majestuoso sus dos patas delanteras y mi hijo, sobre él, parece demostrar sus excelentes dotes como jinete, dotes que creo que no las tenía especialmente, pero así lo han representado. El caballo puede levantar sus patas delanteras porque Galileo Galilei ya había conseguido lograr este tipo figuras con un cálculo de pesos, manteniendo las patas delanteras huecas para evitar que el caballo, y toda la estatua, cayese hacia adelante. Como en mi época aún no se había descubierto, mi caballo puede levantar apenas una pata.
Sea como fuere, tres generaciones de hombres de la misma familia, que regimos, como mejor supimos o pudimos, los destinos del gran Imperio Español, aunque la decadencia de nuestra familia y nuestro país terminase siendo inevitable.

Y es que, no puedo tener un lugar de ubicación mejor que donde me encuentro, en pleno corazón de Madrid, en el epicentro de la Plaza Mayor. Es cierto que muchos turistas ni siquiera me reconocen, que muchos caminantes saben de la existencia de una estatua de un rey a caballo en la plaza, pero no saben que soy yo (ni tampoco de qué rey se trata). Pero bueno, aún así, siempre hay alguien que terminar acercándome y contándome algunas cosas para mantenerme al día. O me preguntan por mis regios recuerdos de Madrid, aunque esta ciudad poco o nada tiene ya que ver con aquélla que yo habité hace cuatro siglos.
He de reconoceros que me gusta el ambientillo de la Plaza Mayor, me encanta que siempre haya gente cruzándola en una y otra dirección, los puestos de monedas los domingos, los guías turísticos comenzando sus charlas, o sus terraas castizas donde casi siempre se sientan guiris, escuchar al fin y al cabo todo tipo de idiomas y todo tipo de historias... Pero si alguien me preguntase qué echo de menos como estatua y qué me gustaría hace si pudiera, os sorprendería de qué es lo que más echo de menos, algo que no parece enganchar con mi regia presencia. Pero lo que más echo de menos es poderle echar el diente a un estupendo bocadillo de calamares, que además, no sabéis qué bien huele por estos lares, y yo pasando ganas de comerme uno de ésos cada día...

A ver si tú, que me has estado escuchando todo lo que tenía que decirte, me traes un bocata de calamares la próxima vez... No hay nada que desee más en el mundo, ya ves qué fácil...
Pero, sobre todo, la próxima vez que pases por aquí, mira hacia arriba, fíjate en mi regio perfil recortado sobre el intenso azul del cielo de Madrid y recuerda a este Rey Piadoso que aquí está día y noche, llueva o haga calor, presidiendo este lugar tan especial de nuestro Madrid.

Comentarios

Laura ha dicho que…
Me ha gustado esta entrada. Es curioso conocer lo que opinan las estatuas, no he estado nunca en la plazo mayor de Madrid, pero ahora me puedo hacer una idea.
Besos!
ITACA ha dicho que…
Me alegro de que te guste este post. Dentro de unos días publicaré otro sobre la estatua de su hijo, Felipe IV. Si buscas la etiqueta estatua podrás encontrar más textos en mi blog con ellas como protagonistas. Me encantan las estatuas! Tengo muchos textos sobre ellas, me has dado la idea de ir recopilandolos y empezar a publicar todos los que falten en el blog :)
Un bocadillo de calamares no sé si se comerá, pero su caballo comía pajaritos que incautos se metían en su boca y no sabían salir, hasta que un día decidieron tapar el orificio por el que entraban. Un beso.
Pedro ha dicho que…
Ají está el rey con su caballo, al que le taparon la boca por comer pájaros.

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