CARACOL COL COL, SACA LOS CUERNOS AL SOL


Había una vez un pequeño caracol que vivía en una ciudad donde llovía mucho. Al caracol le gustaba aquel clima, que le permitía vivir entre grandes zonas verdes y sacar sus cuernos al sol cada vez que la lluvia daba paso a un día luminoso.


Pero los años pasaron, el caracol se iba haciendo mayor y no quería abandonar su pequeño paraísoQuería quedarse para siempre en el Parque San Francisco de Oviedo, entre tanta vegetación. No soportaba la idea de que algún día no volvería a ver a los niños reír y jugar, a los pavos reales pasearse contoneantes de aquí para allá, contemplar los bellos otoños en los que las hojas y las castañas se caían de los árboles o escuchar el repicar del agua de las fuentes con su dulce melodía bella y eterna.

Pensaba que ojalá algún día se le apareciese una lámpara mágica, de ésas de las que hablaban en los cuentos. Y frotando y frotando saliese un genio que le concediese un deseo: quedarse en aquel parque para siempre. No necesitaba tres deseos, para él, con una solo sería más que suficiente, aquel único deseo le haría inmensamente feliz.

Pero pasaban los días y el caracol, ya viejecito, cada vez se preocupaba más, se entristecía porque algún día debería partir para siempre de aquel lugar mágico. Cierto que Oviedo no era tierra de lámparas maravillosas, pero él necesitaba un pequeño milagro… Y ese milagro finalmente sucedió, un buen día se le apareció un hada, que como era asturiana era en realidad una Xana. Pero no era una xana cualquiera, era la Reina de las Xanas, y acercándose al caracol le dijo con todo cariño:

Caracol, nos ha emocionado tu amor por esta tierra y este parque.

Por ello, vamos a darte el regalo de habitarlo para siempre, convirtiéndote en una estatua de piedra, desde la que podrás seguir viviendo intensamente todos los instantes de este lugar por un tiempo infinito.

El día que te mueras, aparecerás inmortalizado en aquel lugar del parque que más te guste, el que tú elijas.
El caracol no pudo evitar que se le saltasen las lágrimas de la emoción. Aquella hada mágica, la Reina de las Xanas, había hecho realidad su sueño. Podría convertirse a su muerte en una estatua de piedra y habitar durante toda la eternidad en ese Parque San Francisco que tanto le gustaba, su verdadero hogar. Además, incluso se le daba la posibilidad de elegir exactamente el lugar dónde quería asentarse, pues si bien podría sentir, oír, oler… no se podría mover.

El caracol pensó y pensó, ¿cuál sería el mejor lugar para habitar por la eternidad? No era una pregunta baladí, tenía que pensarlo muy bien.

Tal vez cerca del estanque de los patos, donde había tantos animales y además los niños, siempre fuente de alegría, se acercaban a tirarle pan y barquillos a los patos del estanque…

O quizá en el Paseo del Bombé, donde siempre había ese ambientillo de gente transitando. Aunque quizá allí le faltaría su querido verde…

Por qué no en la zona de los columpios, donde las risas de los niños casi siempre estaban presentes.

Podría ser cerca de la fuente de sus amigas las ranas, inmortalizadas en caños de los que surtía agua una y otra vez…

Entonces, al caracol se le iluminó la cara… ¡había encontrado la respuesta! Sabía perfectamente dónde quería estar.

Si sus amigas las ranas tenían una fuente para ellas solas, él también tendría la suya propia. Se situaría en lo más alto de aquella fuente de piedra de la que surgían tres riachuelos en medio de la misma, donde beber un agua fresca y limpia. Era un lugar mágico del parque, quizá el mejor de todos. Allí se acercaban mayores y pequeños a beber, los más peques aprovechaban además para ”chiscarse” y juguetear.

Estaría rodeado de verde, vería las hojas y las castañas caerse en otoño, cuando todo el parque se llena de melancolía y belleza. Por allí cerca pasa el tren y los niños alegres en las fiestas de San Mateo, después del verano. Al ladito se encuentra el kiosko de los músicos, por lo que cuando haya algún concierto, también podría oírlo.

Sí, definitivamente ése era el lugar, su lugar, el punto más mágico de todos. El caracol coronaría la fuente y, con el paso del tiempo esa misma fuente sería conocida de manera popular como La fuente del caracol; y generaciones y generaciones de ovetenses vendrían a ella a beber y la recordarían con cariño y con nostalgia.

Aquella noche, el caracol se fue a dormir plácidamente, evocando las palabras de la Reina de las Xanas, feliz porque se cumpliría su deseo y habitaría el Campo San Francisco y la fuente mágica para siempre.

El día siguiente amaneció y el caracol se vio convertido en una preciosa escultura de piedra, situada justo en el lugar donde él había deseado estar para siempre, en lo más alto de la fuente. Al principio, la gente que se acercaba se sorprendía de que un caracol de piedra coronase la fuente, sobre todo los niños. Pero el tiempo fue pasando y todo el mundo empezó a conocer aquel lugar como La fuente del caracol, tal como había soñado.

de esa fuente, debajo del caracol, hemos bebido todas las generaciones de ovetenses. El Campo San Francisco y las tardes de primavera no serían lo mismo sin esa fuente y su agua fresquita. Y años y años después, allí sigue el caracol, hermoso y lozano, por mucho tiempo que pase… , divisando desde su particular atalaya todo lo que sucede a su alrededor, eternamente feliz, convertido en estatua de piedra, siendo el famoso caracol de la no menos famosa fuente que lleva su nombre.

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El relato anterior es una completa ficción. Bueno, todo lo que cuenta es verdad, salvo la parte mágica del cuento, aquel caracol que quería tanto el campo San Francisco que no quería abandonarlo, y por ello esperaba un milagro, para convertirse en estatua y quedarse allí para siempre.

La fuente del caracol existe, por supuesto que sí. Ovetense como soy, puedo evocar muchísimos recuerdos de mi infancia, acercándonos a la fuente a beber, pero también a jugar a chiscarnos entre niños. Su agua era fresca y buenísima, un auténtico manantial en mitad de la ciudad.
La verdad es que desconozco absolutamente la historia de esta fuente, y a pesar de que he intentado rastrearla en internet, tampoco he logrado sacar mucha información al respecto. Yo la conozco de toda la vida y creo que mi madre también la conoce de toda su vida, por lo que no puedo deciros cuántas décadas debe llevar allí. Pero es un elemento fundamental dentro del Campo San Francisco, y a su vez el Campo es un elemento principal dentro de la ciudad de Oviedo.

En mi último y reciente viaje a Oviedo, al recorrer el parque San Francisco, me acordé de esta fuente y quise acercarme hasta ella. Ahí sigue, como siempre, parece que el tiempo no ha pasado por ella. Y cuando te acercas y bebes de ella, es casi como si estuvieses bebiendo del manantial de la eterna juventud. Se agolparán en tu cabeza miles de recuerdos de infancia, cuando eras niño y te acercabas allí para beber. Creo que es una experiencia que nadie que haya vivido en Oviedo ha dejado de tener.
Pero los años sí han pasado… ¡y tanto! Si antes me acercaba con mi madre, ahora me acerco hasta allí con mi hija, quien desde su silla probablemente no es consciente de las tremendas emociones que me asaltan al volver a este lugar. Pienso que, dentro de unos meses, cuando sea un poquito más mayor, volveremos y será ella quien se acerque a los caños y beba esa agua fresca conmigo. Quizá juguemos a “chiscarnos” y pasemos un rato divertido, en el que por un momento yo vuelva a la magia de la infancia y la comparta con la mejor persona en el mundo para compartir ese tipo de momentos: mi hija Henar. Le prometo que volveremos y viviremos esa experiencia una y mil veces. Aunque ella no sea ovetense, no puedo dejar que se pierda las tardes en el Campo San Francisco, los barquillos, los patos, y por supuesto beber en la fuente del caracol.

Por ello, le debía este pequeño cuento, para contárselo y que lo guarde entre sus recuerdos, como guardará las veces que vayamos a la fuente a beber. Y quizá, dentro de algunos años, será ella quien se acerque a la fuente con su hij@ y recuerde los momentos que vivió conmigo. Ojalá…
Y después de este texto tan emotivo, sacado tan de dentro del corazón, he de cambiar de rumbo y sacar mi vena crítica. Desgraciadamente,el caracol hace tiempo que no puede sacar sus cuernos al sol. Cierto que sigue lozano como siempre, pero no tiene cuernos. Sí que he podido saber a través de internet que en su día los tuvo (la verdad es que yo no recuerdo si los tenía cuando yo era pequeña), pero hace mucho tiempo que los perdió. Probablemente algún graciosillo se los rompió hace tiempo y el Ayuntamiento lleva décadas haciendo oídos sordos a las voces que piden que restauren al caracol de la fuente del Campo San Francisco y que nuestro pequeño amigo pueda hacer lo que dice la canción: Caracol, col, col, saca los cuernos al sol…

A ver si algún día hay suerte y nuestro pequeño caracol puede volver a lucir radiante bajo un sol de después de la lluvia, con sus lindos y pequeños cuernecitos. Mientras los niños siguen acercándose a su fuente, gozando de la vida y la felicidad eterna de la infancia, como debe ser, generación tras generación.

Comentarios

Espe ha dicho que…
Me ha encantado esta historia. :-)
matiba ha dicho que…
Qué bonito!! Seguro que con tu peque disfrutarás muchísimo de este tierno caracol. Bss
Margari ha dicho que…
¡Qué bonita historia! Cuando tu peque sea más grandecita, podrás contársela también. Y a ver si cuando eso suceda, ya ha sacado el caracol sus cuernos al sol...
Besotes!!!

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