EL CUARTO FELIPE: EL REY PASMADO


Permitidme que me presente: Mi nombre completo es Felipe Dominico Víctor de la Cruz, pero soy más conocido como Felipe IV, Rey de las Españas, hijo de Felipe III y nieto del temible Felipe II, en cuyas fronteras nunca jamás se ponía el sol. Me han dicho que mi padre ha estado por estos lares hace unos días contando su historia y la de su estatua, así que me he animado yo también a venir por aquí y contaros quién fui.

Era apenas un niño cuando accedí al trono de Las Españas. Y ser rey, en algunos aspectos, os puedo asegurar que no era precisamente un privilegio. Parecía que toda la Corte tenía poder de decisión sobre lo que el rey tenía o dejaba de tener que hacer, especialmente la Iglesia, a quien mi abuelo la había dotado de unos poderes que mejor nos hubiese ido si no se le hubiesen otorgado.

Entre otras cosas, y como no podía ser de otra manera, de las primeras decisiones que se tomaron en relación a mí, el Cuarto Felipe, fue prometerme, en mi más tierna infancia, con una princesa francesa, y casarme con ella cuando aún seguía siendo un niño. Pero vayamos por partes.

No nací en Madrid (como mi padre), sino que nací en en Valladolid en 1605. La razón fue que en aquella época, mi padre, el Rey Felipe III había decidido trasladar la Corte a dicha ciudad castellana. Afortunadamente, ese traslado fue temporal y volvimos a Madrid, ciudad donde viviría el resto de mi vida y a la que tanto quise y tanto sigo queriendo. De hecho, tantos siglos después, me gusta seguir habitando Madrid pues éste es mi sitio y estoy convencido de ello. 

Fui el tercer hijo de mis padres, el Rey Felipe III y la Reina Margarita. Antes de cumplir mis primeras quince primaveras, me quedaría huérfano de madre (primero) y padre (después). A la muerte de mi padre, ascendí al trono como Felipe IV, Rey de España y Portugal. Mi reinado se extendería durante más de 44 años y sería el reinado más largo de los monarcas de la Casa de Austria como Rey de España (dejaría mucho antes de ser Rey de Portugal).

Durante mi primera época como rey tuve un valido, al igual que hiciera mi padre. Mientras que Felipe III creyó en el Duque de Lerma, yo hice lo propio con el Conde-Duque de Olivares.
Recibí muchos apodos, quizá demasiados. Me llamaron El Rey Planeta, incluso El Rey Pasmado, precisamente por lo que decían que era la expresión de mi cara, especialmente cuando era joven. No sé qué esperaban exactamente, al llegar a mí, la mezcla de sangre de mi familia durante generaciones ya había construido su aciago destino, que desembocaría en la figura de mi hijo Carlos II, apodado El hechizado ; y ya con eso, creo que lo digo todo.
Me casé dos veces: la primera vez con la joven princesa francesa Isabel de Borbón. Ambos éramos apenas unos niños cuando nos casamos, razón por la que no me dejaron consumar el matrimonio hasta muchos años después. De hecho, en mi juventud fui un mujeriego impenitente y mis andanzas por la Villa y Corte tuvieron mucho eco. Incluso siglos después, un tal Torrente Ballester me inmortalizaría, a mí y a mis andanzas en un libro titulado Crónica del Rey Pasmado, una lectura que os recomiendo, dicho sea de paso.
Pero volvamos a mi primer matrimonio con Isabel de Borbón. Fue un matrimonio correcto, incluso feliz si tenemos en cuenta los márgenes que podían tener ser tenidos entonces como felicidad en el matrimonio entre reyes y más en aquella época. Mi esposa me dio siete hijos, entre los que sólo hubo un único hijo varón, el príncipe Baltasar Carlos, quien debería haber sido el heredero de mi corona. Pero la altísima mortalidad infantil en aquella época hizo que todos mis hijos murieran en su más tierna infancia, a excepción de Baltasar Carlos, que desgraciadamente murió con diecisiete años, y de su hermana María Teresa, que terminaría convirtiéndose en Reina de Francia como esposa del Rey Luis XIV.

Mi primera esposa murió y decidieron casarme por segunda vez con una sobrina mía. Aquello fue el acabóse, la mezcla de sangre de los Austrias a través de cuatro generaciones dio como resultado una bomba de relojería, encarnada en la figura de mi hijo Carlos II. Decidieron casarme, como os contaba, con mi sobrina (hija de mi hermana) Mariana de Austria. Mi segunda esposa me dio en su caso cinco vástagos: dos mujeres y tres varones. Todos ellos murieron de nuevo de niños, excepto Margarita, que se murió con 22 años pero la pude convertir en la esposa del Emperador Leopoldo I previamente; seguro que la recordáis, es la bella niña rubia que Velázquez inmortalizó en Las Meninas. Y por supuesto, Carlos, quien accedería al trono como Carlos II y sería el último monarca de mi estirpe. Aciago destino el de la monarquía de los Austrias en la maltrecha figura de ese hijo mío que, contra todo pronóstico logró vivir casi cuarenta años y reinar, o desgobernar, que nunca se sabe mejor qué verbo utilizar para definir su reinado, durante casi toda su vida, ya que mi muerte acaeció cuando apenas tenía cuatro años el pequeño Carlos. Pero yo, ya me imaginaba lo que iba a ocurrir… De hecho, me sorprende que viviese tanto tiempo, mis cálculos he de decir que resultaban aún peores. 
Pero dejemos las cosas tristes y volvamos a mi reinado. Creo que en conjunto no se puede decir de mí que fuese un mal rey, hice cosas malas pero también cosas buenas. Contra todo pronóstico, superé la etapa de mi valido el Conde-Duque de Olivares y en la segunda etapa de mi reinado supe dirigir los destinos de España e intentar que, a pesar de las terribles crisis económicas y de la sangría de América, el Imperio no acabase desvencijado.
Además, fui un rey muy culto. Me gustaba leer y apreciar las obras de arte pictóricas que la Corona tenía en su haber. Fui además un gran mecenas artístico y me supe rodear en mi Corte de grandes pintores como el magnífico Diego Velázquez, que se convirtió en mi pintor de cámara, hombre de mi máxima confianza y a quien incluso nombré Caballero de la Orden de Santiago. Pero no fue el único, también trabajaron para mí artistas de renombre mundial, hasta el mismísimo Pier Paolo Rubens trabajó para mí.
Y es que, queridos míos, no hay que olvidar por nada del mundo que, aunque en mi reinado el pueblo pasó por grandes crisis económicas, mi siglo fue a todos los ojos el gran Siglo de Oro en la cultura española, especialmente en la literatura. Fue el gran Siglo de las Luces, con figuras únicas como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca y tantos otros...

Una de las cosas que más gracia me han hecho recientemente ha sido la publicación de una serie de novelas de la saga Alatriste, que tienen a Don Diego Alatriste y Tenorio como protagonista. Alatriste tiene al pícaro de Quevedo como compañero de aventuras en muchos de sus lances y yo también aparezco por las páginas de esta historia de vez en cuando.
¿Y cómo me entero de esto? Pues porque he sido inmortalizado en una estatua y de vez en cuando viene alguien y me pone al hilo de las últimas novedades sobre mi persona. Mi estatua, al igual que la de mi padre, es también una estatua ecuestre. Aunque si me lo permitís, añadiría que es mucho más bonita que la suya y además, aunque el emplazamiento del Tercero de los Felipes es magnífica en plena Plaza Mayor de Madrid, a mí me gusta mucho más estar en la tranquila y llena de encanto Plaza de Oriente, donde gozo de buenas vistas.


Es cierto que le doy la espalda al actual Palacio Real, pero tampoco me importa mucho. Este palacio fue una cabezonería del Quinto Felipe, ya de la dinastía de los Borbones, que le parecía cutre el antiguo Alcázar de los Austrias, donde yo mismo habité. Dicen las malas lenguas que fue él mismo quien lo mandó quemar para poder construir un palacio al estilo francés.
Mi estatua es una estatua especial hoy en día, pero lo fue muchísimo más cuando fue fundida, de hecho, fue considerada en su época como la mejor estatua ecuestre del mundo. Yo mismo la encargué, ya que quería disponer de una estatua ecuestre, al igual que la tuviese mi padre. Para realizarla, se tomó como modelo uno de los maravillosos cuadros que mi querido Diego Velázquez hiciera de mi persona, uno de mis grandes retratos ecuestres.

Pero nos encontramos con un problema: en la pintura todo era factible, pero hacer una escultura en la que el caballo se sostuviese sobre las patas traseras parecía imposible, ya que por el peso de la misma caería hacia adelante. El gran Pedro Tocca, escultor y autor de esta obra casi se vuelve loco, aunque Galileo Galilei dio con la solución: la parte trasera de la estatua sería maciza mientras que la delantera (patas delanteras y cabeza del caballo) sería hueca, de manera que se pudiese mantener en su posición actual. Fue todo un éxito e hicieron posible esta estatua mía que tanto me agradó y de la que hoy, tantos siglos después, sigo igual de orgulloso.

Ahora que ya conoces mi historia, seguro que cuando me veas de nuevo, en la Plaza de Oriente, me mirarás con otros ojos…

Comentarios

Espe ha dicho que…
La historia de cómo hicieron la estatua para que el caballo pudiera levantar las dos patas fue una de las cosas que nos contó la guía cuando visité el palacio con el cole. :-)

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