NADA UNE MÁS A DOS HOMBRES QUE HABER AMADO A LA MISMA MUJER Y HABERLA PERDIDO

Durante los últimos meses (y digo bien, los últimos meses, porque ha sido una lectura interrumpida y hecha de retazos de viajes) he leído este libro. Un trocito en la playa, otro trocito precisamente en mi adorada Lisboa y lo terminé en el viaje a Roma en el mes de noviembre.

 No era la primera vez que leía a mi querido Antonio Muñoz Molina (uno de los autores españoles cuyo estilo más me gusta) ni tampoco la primera vez que leía El invierno en Lisboa. Fue hace muchos años, tantos que ni mi memoria recordaba la historia, ni los personajes, pero hay cosas que se quedan colgadas en el subconsciente. Y cuando leí lo siguiente, de pronto me vino a la memoria un flashback:

  Pensé que nada une más a dos hombres que haber amado a la misma mujer. Y haberla perdido. Él también había perdido a Lucrecia…

Probablemente apunté la frase en algún cuaderno y alguna vez, a lo largo de todos estos años la volví a leer. Pero tuve un auténtico flashback cuando volví a leerla.  En ella, en la catástrofe presentida, se condensa todo.

La prosa de Muñoz Molina tiene algo especial, pero si hay un libro de este autor que ha sido capaz de fascinarme, ha sido precisamente éste, El invierno en Lisboa. Y es que una, que tiene a los desamores cantados por Sabina como banda sonora de su vida, no puede evitar sentirse atraída por esta historia imposible, el amor imposible entre Lucrecia y Santiago Biralbo, hecho de ausencias, de huidas y de sueños rotos:

 Dos años más tarde, en Lisboa, durante una noche y un amanecer de invierno, Biralbo iba a aprender que eso era lo único que los vincularía siempre, no el deseo ni la memoria, sino el abandono, sino la seguridad de no tener ni la disculpa del amor fracasado.

Y es que este libro es un tratado de nostalgia, un canto de cisne, profundo y melancólico, una oda a los amores de verdad, los infinitos, que se topan de bruces con la realidad y que se convierten en imposibles. Pero esos amores en los que las cicatrices que te dejan en el alma son demasiado pesadas y dolorosas.

Y si por si eso no fuese suficiente, utiliza una ciudad en el nombre del libro y en el de la historia: Lisboa
Ay, Lisboa… esa ciudad mágica y a la vez maldita, empapada de una saudade infinita. Y además, Donosti, o San Sebastián, otra ciudad mágica que a veces pienso que no tiene nada que ver con Lisboa pero a veces le veo ciertas similitudes, quizá su reflejo en el azul del mar.


Pero es que esta historia de Muñoz Molina está llena de todos los elementos que a mí me gustan: la tristeza, los amores imposibles, el jazz, los guiños a ciertas películas que llevan años enamorándome…

 Era una camisa de verano, pero sobre ella llevaba un chaquetón azul oscuro. Por el modo en que me sonrió me di cuenta de que no íbamos a besarnos. Me dijo: “¿Has visto cómo llueve?”. Yo le contesté que así llueve siempre en las películas cuando la gente va a despedirse.

 En películas como Casablanca, a la que estoy segura que Muñoz Molina homenajea en este párrafo, en esa historia de amor infinito y maldito entre Ilsa Laszlo y Rick Blaine, ella vestía de azul el día en que los alemanes entraron en París, en una tarde en que llovía intensamente y la lluvia repiqueteaba el dolor intenso del corazón en la despedida.

Lucrecia, como Ilsa, tiene algo también de magia y maldición. En el fondo una femme fatale, una fruta prohibida. Quizá Ilsa, al tener para siempre el rostro dulce de Ingrid Bergman se me antoja más cándida. A Lucrecia me la imagino fuerte y menuda, una superviviente nata en los oscuros tiempos de guerra que nos acechan.
  
 Lucrecia era así, dijo Biralbo, son la serenidad de quien al fin ha entendido: de pronto se extinguía en ella toda señal de fervor y miraba como si no le importara perder todo lo que había tenido o deseado (…), como si no le hubiera importado nunca.

Ni qué decir de Biralbo, quien a su manera también recuerda lejanamente a Rick Blaine. Puedo decir lo mismo, Rick nunca tendrá otra cara que no sea la del inolvidable, feo y absolutamente fascinante, Humprey Bogart. En parte un poco así me imagino yo a Biralbo, alto, desgarbado, envuelto en un abrigo largo y con las solapas levantadas.

Cuando lo vi volver, alto y oscilante, las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo abierto y con las solapas levantadas, entendí que había en él esa intensa sugestión de carácter que tienen siempre los portadores de una historia, como los portadores de un revólver. Pero no estoy haciendo una vana comparación literaria: él tenía una historia y guardaba un revólver.

Creo que esta novela de Muñoz Molina es un texto imprescindible. Me cuesta mucho hablar de ella porque es sentimiento en estado puro. Y el autor ha sido capaz de convertirse en alquimista mientras la creaba, siendo capaz de tejer un auténtico mundo de tristeza y ensoñación, una historia de amor imposible y en definitiva un profundo boulevard de los sueños rotos, desplazándolo hasta los confines de mi añorada Lisboa.

Resulta imposible no hacerse cómplice absoluto de Lucrecia y Biralbo y su historia imposible. Imposible no sentir lo mismo que ellos sienten y que a veces no quieren ni reconocerse a sí mismos, no temer que la historia acabe mal, sabiendo ya de antemano que no puede ser posible (y con esto no os desvelo nada, os lo prometo), no sentir la tristeza en la piel y no comprender al fin y al cabo, con resignación, que la vida está hecha muchas veces de sueños rotos.
  
El verdadero dolor llegó varias horas más tarde y fue entonces cuando quiso recordar una por una las palabras que los dos habían dicho y no pudo lograrlo. Supo que la ausencia era esa neutra sensación de vacío.


 Una novela además muy musical, donde en tu cabeza te imaginas las notas que toca Biralbo, los acordes de las canciones que tocaba en un antro de Donosti y que sus dedos nunca se han atrevido a volver a tocar. Aunque haya diferencias, creo que no es osado hacer un paralelismo de nuevo con Casablanca, aunque Biralbo sea el equivalente a Blaine, aunque Blaine no tocase, aunque en esta historia no haya ningún Sam, o quizá sí, quizá Billy Swann sea una suerte de Sam (¿Swann? ¿Sam?) aunque más abocado a la catástrofe.

 Esa canción, Lisboa, yo la oía y estaba de nuevo en San Sebastián de esa manera en que uno vuelve a las ciudades en sueños. Una ciudad se olvida más rápido que un rostro: queda remordimiento o vacío donde antes estuvo la memoria, y, lo mismo que un rostro, la ciudad sólo permanece intacta allí donde la conciencia no ha podido gastarla.

 ...

Pero era mentira esa afirmación suya de que la música está limpia de pasado porque su canción, Lisboa, no era más que la pura sensación del tiempo intocado y transparente, como guardado en un hermético frasco de cristal.

Una novela que huele a mar, que sabe a ginebra, que recuerda amaneceres fríos de soledad, con ese aire en el que se envuelven mutuamente la catástrofe y la nostalgia.  Donde parece que se masca la tragedia, donde hay malos y buenos pero no vencedores, todos cargan a su forma con la lacra de los vencidos. Y una novela que suena a Lisboa, a esa ciudad imaginada y sentida, añorada…

  Los nombres, como la música, me dijo una vez Biralbo con la sabiduría de la tercera o cuarta ginebra, arrancan del tiempo a los seres y a los lugares que aluden, instituyen el presente sin otras armas que el misterio de su sonoridad.

 Releyendo este texto, lo veo demasiado triste. No penséis que lo estoy, me siento más bien nostálgica. Y creo que esta novela, El invierno en Lisboa, al igual que la propia Lisboa es una historia inmensamente bella pero con ese inequívoco trazo triste, nostálgico, de saudade infinita. Una historia en la que la nostalgia se queda para siempre, habitando en el lugar donde antes ha vivido la resignación.
    
-Nunca habrá nada que sea mejor que lo que tuvimos entonces.

-Lo será porque es imposible.

 Y mientras, en algún lugar de Lisboa, o simplemente en algún lugar de nuestra memoria sonarán las notas de aquella canción que tocaba Biralbo en un antro de Donosti y que hablaban del viaje que algún día emprendería con Lucrecia a la que entonces se le antojaba lejana e imposible Lisboa.

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Esta novela resulta absolutamente imprescindible. No me gusta dar valoraciones numéricas, pero en este caso, no se merece un 10 sobre 10, sino un 25 sobre 10. Es una de esas historias que dejan huella. Y que después del paso de los años, te apetece volver a paladear. 

Comentarios

Teresa ha dicho que…
No conocía la novela, pero tras leer tu opinión, es imposible resistirse a ella, así que ya está apuntadita en mi lista.
¡Un beso!
Esther C. ha dicho que…
Es curioso como la describes. Yo me topé con ella (la iba buscando) en la feria del libro antiguo y de ocasión en Sevilla, y la leí no hace mucho (es curioso porque está dedicada y firmada por el propio Múñoz Molina, mis compañeras de trabajo, mi marido y yo hemos elucubrado mucho sobre quién y por qué la vendió, vi la dedicatoria ya en casa cuando lo empecé a leer). A mí la historia me dejó igual, indiferente, es como una historia donde no pasa nada. Eso sí Múñoz Molina escribe tan pero tan bien que da lo mismo. Por cómo hablas de ella se ve que llegó, es más si no la hubiese leído te aseguro que me entrarían ganas ahora, tras leerte. Un beso.
Margari ha dicho que…
Pero qué reseña más tentadora! Y un autor del que solo he leído un libro y a pesar de que me encantó, no he vuelto a leer nada suyo. Me tengo que animar con él de nuevo.
Besotes!!!
No conocía esta novela. Tendré que apuntarla

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