VIERNES VITALES 6: SABER DECIR ADIÓS A LO QUE NOS HACE DAÑO

Hace unos días tiré a la basura unas sandalias negras. Eran de piel, monísimas y quedaban bien prácticamente con cualquier cosa con la que las pusieras. Entonces, ¿por qué las he tirado? Supongo que será una pregunta que cualquiera se plantearía después de haber leído mi primera frase, pero ahora mismo os lo cuento. 

Las susodichas sandalias llevan en mi vida la friolera de 10 años para 11. Lo recuerdo perfectamente porque me las compré expresamente para una boda de unos amigos que se celebró el 13 de julio del 2003. 11 años en mi vida es exactamente un tercio de la misma, para mí ahora mismo por tanto una cantidad de años importantes. 

Como estaban nuevas (las he utilizado muy poquito), han ido viviendo veranos conmigo, salvándose de las quemas de las sucesivas mudanzas que fui viviendo cuando me independicé e incluso a veces viajando conmigo a bordo de maletas. La razón era que quedaban bien con todo. 

¿Pero por qué estaban nuevas? 

No porque no me gustasen, eran discretas y monísimas. 

No porque fuese difícil combinarlas, porque iban con casi todo. 

Estaban nuevas sencillamente porque me hacen daño. Tienen una suela muy finita y ningún tipo de amortiguación (hace diez años, las sandalias no eran como son ahora). Sin embargo, tenían la capacidad de "hacerme olvidar" que me hacían daño. Y de vez en cuando, casi siempre como plan B, terminaba poniéndomelas y lo lamentaba. 

La semana pasada asistí a una fiesta de etiqueta. Era una fiesta de trabajo a la que debía acudir aunque estuviese demasiado cansada, que lo estaba, pero también os reconozco que no me lo pasé mal. Bueno, a lo que iba, la invitación decía claramente que las chicas debíamos ir de cóctel, así que saqué del armario un vestido azul y una americana negra que consideré acertadas para tal evento y me los puse. Inicialmente, mi idea fue también ponerme unas sandalias azul marino que tengo muy chulas, pero no quedaban bien. Y así, en el último momento, me acordé de estas sandalias que fueron un plan B perfecto, o eso creía yo. A las dos horas, me acordé de por qué estaban tan nuevas, porque me hacían daño. Mis pies eran un poema al volver a casa y un par de días después, cuando fui a devolverlas al armario, las cogí y las tiré a la basura, sin remordimientos. Se las podía haber regalado a alguien, al fin y al cabo estaban muy bien, pero pensé que no le hacía un favor a nadie martirizando sus pies con unas sandalias como éstas, por buenas (de piel) y bonitas que fuesen. 

Me dio por pensar en la cantidad de cosas que atesoramos, por supuesto materiales, pero también nos ocurre con las personas. Aprovecho para contaros que, desde hace unos meses, no tengo ningún trato con una persona que era mi amiga desde hace casi diez años. No era mala persona, tampoco era mala amiga, pero las cosas no funcionaban. Sus prioridades y las mías hacía tiempo que eran diferentes. Yo consideraba que ella era demasiado egoísta, una persona que vive sola con tres gatos y que se pasa el día cansada porque trabaja mucho, de manera que sólo puede quedar contigo los sábados por la noche, un tiempo que yo le dedico a mi familia, salvo cosas de fuerza mayor. Ella no cedía y yo, cada vez quedaba menos con ella. Y cuando quedaba, me hacía daño. 

Era como las sandalias, una persona a la que conoces desde hace tiempo, a quien tienes cariño y te alegras de verla... pero no funciona y muchas veces terminas con la sensación de qué estás haciendo allí. Sé que es difícil entender que cuando se es madre y no tienes ayuda (como es mi caso), las cosas cambian. Yo procuro cuidar a mis amigos, pasar tiempo a solas con ellos, pero también pido un poco de flexibilidad en cuanto a los horarios. En fines de semana, no quedo con nadie salvo circunstancias excepcionales y no entiendo como alguien que vive a 2 kilómetros de mi casa y trabaja a 300 metros de mi trabajo nunca tiene tiempo entre semana y exige quedar un sábado, además llega tarde y se queja de que te vayas a las doce como Cenicienta porque, entre otras cosas, al día siguiente te tocan diana a las 7 de la mañana sin consideraciones al calendario dominical. 

La sangre llegó al río en forma de email. Un email del que agradezco la sinceridad pero que no comparto. Sentí dolor, sentí también que esa persona nunca se había puesto en mi lugar y que no iba a hacerlo y, a pesar de que era una buena amiga y nos queríamos, creí que era el momento de alejarme. Simplemente le contesté de una manera bastante fría, ella me volvió a contestar quejándose primero, pidiéndome un favor para un tercero después, y ahí se quedó todo. 

No he vuelto a saber de ella. La sigo teniendo como amiga en redes sociales, pero mi capacidad de cotillear siempre ha sido limitada y no he cotilleado sus perfiles. Por eso, digamos que sigo sin saber nada. No le deseo ningún mal, todo lo contrario, pero nuestra amistad necesitaba un tiempo. No sé cuánto, quizá vuelvan a unirse nuestros caminos, quizá no. Pero ahora ni nos hacemos daño ni lo sentimos. 

Aquellas sandalias negras han estado en mi vida demasiado tiempo, pero ya no están. Sé que debo comprar otras que la sustituyan, aunque no me suelo dar demasiada prisa con estas cosas, pero realmente necesito unas sandalias negras como "fondo de armario". En cuanto a la persona de la que os he hablado, no sé si ha estado mucho, poco o demasiado tiempo en mi vida. Pero ambas, ni las sandalias ni ella, ya no están y no me hacen daño. 

¿Por qué nos cuesta tanto tomar a veces estas decisiones que pudiéramos denominar drásticas?

Comentarios

Esther C. ha dicho que…
Porque muchas veces nos aferramos a las cosas y a las personas porque han estado siempre ahí, porque nos da un "no-se-qué" deshacernos o alejarnos de ella. En fin, a todos nos pasa, aunque con la edad cada vez es más fácil (o a mí al menos me lo parece) dejar atrás lo que nos hace daño. Un beso y buen finde.
Carmenzity Zeta Zeta ha dicho que…
Uff buena pregunta. Yo, la verdad, no soy muy de guardar cosas. Y con el tiempo he aprendido a ir desprendiéndome de lo que hace daño o molesta, aunque no siempre lo consigo, claro.
Buena entrada. Saludos!

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