VIERNES VITALES 35: EL TEATRO

Una gran amiga me ha pedido que recupere los viernes vitales, así que allá voy. Eso sí, no mantengo las promesas durante mucho tiempo, porque no soy precisamente una persona de hábitos. Creo más bien que, llegada a determinada edad, uno tiene que hacer las cosas que le salgan de dentro, dejar que mande más el corazón que la cabeza (al menos en la vida personal). Las listas de tareas que se las quede la oficina.

Los viernes vitales comenzaron como ejercicios de coaching. Bueno, no directamente durante el proceso de coaching en sí, pero sí meses después, como resultado de la meditación y la reflexión sobre las pequeñas cosas de la vida. Hoy es su edición 35 (en un año y medio no está ni tan mal) y como coincide con mi edad actual, me voy a plantear una reflexión especial.

En la última edición del Congreso de Mentes Brillantes, una de las ponencias que más me impactó fue la de la psiquiatra Rafaela Santos, que hizo un emotivo discurso sobre la resiliencia, pero que nos explicó algo tan simple y a la vez tan complejo como que nuestro cerebro cambia en un mes y nosotros no somos los que fuimos un mes atrás. Si lo piensas, da verdadero vértigo. Por la evolución de mis 35 viernes vitales (tienen su propia etiqueta, por si hay algún frikie en la sala), se puede ver la evolución de mi forma de pensar en un año y medio. He tocado temas tan dispares como la perspectiva, el pataleo, saber decir adiós y dejar ir, mis planes en 5 años, mi dificultad con los hábitos (los termino abandonando), la organización, el positivismo, las pequeñas cosas, o la procrastinación (que tan bien se me da), entre otros…

Y me surge una duda, me pregunto a mí misma: 

¿Cómo es posible que nunca haya hablado de teatro en un viernes vital? 

Porque el teatro forma parte imprescindible de mi vida, y por ello, debería formar parte de mis viernes vitales. De hecho, si miro atrás, en los últimos años (casi) nunca lo he abandonado, es una de las pocas cosas que se deben de quedar en mi cabeza con ese cambio neuronal absoluto que sufrimos cada pocas semanas. Es cierto que hubo una época en la que me colapsé de teatro y que, aunque nunca he sido de comedia, he tenido mis rachas (ahora estoy en una en la que huyo de la comedia y busco historias que me remuevan por dentro –y la comedia pocas veces lo logra). Pero, con sus vaivenes, el teatro siempre ha estado ahí, al menos en mi edad adulta en la que las elecciones han sido mías. Y como ésta es mi vertiente personal, me permito el lujo de seguir eligiendo.

Hoy estoy muy cansada, porque arrastro horas de falta de sueño acumulado. ¿A qué viene este salto al vacío? Pues a que el miércoles, me salté los hábitos que no tengo y en lugar de irme a dormir a una hora decente me acosté a media noche (mientras el implacable despertador no perdona a las 6.15). Lo estoy pagando aún, pero hoy es viernes. Y aunque lo esté pagando… ¡bendito precio! Porque el lunes tuve la inmensa suerte de compartir un café y una conversación muy humana con alguien del mundo del teatro al que admiro profundamente. Si eso no es ser afortunada y no tener magia en la vida… (gracias, gracias, gracias!). 

Estoy descubriendo el teatro desde perspectivas que antes nunca me había planteado. Quizá los razonamientos que hago no son lógicos y en cambio sí bastante erróneos, pero me planteo cosas que antes no me planteaba, y digo yo que eso tiene que ser bueno (aunque erres en el tiro del pensamiento). El caso es que en un momento determinado de esa conversación, esa persona me preguntó sobre mi relación con el teatro, más o menos qué significaba el teatro para mí… y ni supe ni quise contestar porque simplemente no encuentro palabras para hacerlo.

El teatro lo es todo… al menos en esa parcela de mi vida despegada de todo lo demás y que le da gasolina al resto. Me resulta muy complejo explicarlo, pero como me dijo mi amiga Beti un día, Cuando estás en el patio de butacas, en esos instantes previos a que se abra el telón… sabes que no volverás a Oviedo

Mi amiga Beti es probablemente mi amiga más antigua, 30 años de amistad dan para mucho, somos amigas desde los muy lejanos inviernos de lluvia de un colegio de monjas en Oviedo, allá por los ochenta. Compartimos ese tronco común carbayón, pero también esa pasión común por muchas otras cosas: el teatro, los libros, los viajes, Sabina… y nuestro Madrid. Yo adoro Madrid, me siento madrileña de devoción (algunos me cerrarían el paso por Pajares y el Huerna, lo sé). Y sé que éste es mi lugar. Pocas veces lo siento más mío o de manera más intensa que probablemente en esos instantes previos a que se abra el telón, aunque muchas veces no hay telón, y es una pena por cierto.


No me llama en absoluto la interpretación. Creo que es un trabajo bellísimo y admiro profundamente el mundo actoral, pero desde fuera, desde el otro lado del telón. Me gusta que me cuenten cosas sobre las sensaciones al otro lado, pero mi sitio está en el patio de butacas. Y cuando digo mi sitio, es mi sitio de verdad. En el patio de butacas siento un bienestar, una pertenencia, paz, necesidad, flotación… que creo que no siento en ningún otro lugar físico. Y con eso no quiero decir que me guste todo tipo de teatro, ni que lo aguante (en ocasiones me he dormido y en otras, me he llegado a ir), pero es una especie de droga. Me da bienestar, pero a veces también lo contrario. Me da motivos para pensar, me revuelve por dentro, me hace plantearme en mi vida algunas de las preguntas que se plantean ciertos personajes. No siempre sucede, por supuesto que no, pero cuando lo hace es mágico.

Me resulta imposible imaginar (ingenua de mí) cómo la gente es capaz de vivir sin teatro. Cómo viviendo en Madrid, con la oferta que hay, muchas personas jamás van al teatro, o van a disfrutar obras que, con todos mis respetos, son de risa fácil y profundidad chiquitita. No lo logro entender, pero está claro que sucede, por lo que quizá el planteamiento, de nuevo, es erróneo por mi parte. Bueno, si pienso en mí misma, ratón de ciudad que soy, a mí el campo... para los bichos que lo habitan, y hay quien no sabe vivir sin senderismo… supongo que cada uno tenemos nuestra propia droga. Y la mía, en gran medida, es el teatro.

Me parece un tema de reflexión interesante, ¿cuáles son tus drogas? ¿cuál es aquélla o aquéllas que has mantenido, con sus más y sus menos, a lo largo de los años? ¿por qué? ¿qué te aportan? ¿son drogas buenas?


Sigo sin saber expresar qué significa el teatro para mí, pero lo que sí sé es que está directamente relacionado con mi verdadero lugar en el mundo, el lugar al que en realidad pertenezco. 

Comentarios

De Lector a Lector ha dicho que…
Disfrutar de una función de teatro siempre es un gran placer. Besos.
Esther ha dicho que…
Qué bonito lo que significa el teatro para ti, para mí mi droga son las música y la lectura, aunque no sabría decirte el orden, creo que no hay un solo día de mi vida en el que no oiga música. Me encanta que hayas recuperado los viernes vitales. Feliz finde. Un abrazo.
Margari ha dicho que…
Me gusta que vuelvas con tus viernes vitales. Pero que no sea una obligación. Hazlo cuando te apetezca. Me encanta el teatro, pero mi sitio, como el tuyo, también está en el patio de butacas. Y ver abrir el telón, y ver como toda una historia se despliega ante mí. Una droga también.
Besotes!!
ITACA ha dicho que…
Gracias por vuestros comentarios, chicas. Espero continuar con los viernes vitales, aunque no prometo que sea en viernes, ni todos los viernes. Pero se hará lo que se pueda. En cuanto al teatro, sigo sin encontrar las palabras, pero es una droga, un alimento, un oxigeno, algo imprescindible

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