MARIO, A TI SIEMPRE TE HAN PERDIDO LAS PALABRAS

En la biblioteca de casa de mis padres había más de 2.000 volúmenes, pero algunos de ellos los recuerdo de un modo especial. Uno de ellos era precisamente Cinco horas con Mario, del grandísimo Miguel Delibes, un libro que recuerdo con una edición de tapas duras en piel de color marrón, que pasó por las manos de varias generaciones. La primera vez que lo leí tenía 14 o 15 años y obviamente no entendí nada. Después lo leí de nuevo en la universidad y me maravilló, hoy pretendo releerlo en este 2016 y encontrar en él nuevos matices.

Ayer, volví a ver Cinco horas con Mario sobre las tablas de un teatro. No era la primera vez que lo hacía, hace unos cinco años disfruté muchísimo de la interpretación que Natalia Millán hacía de Carmen Sotillo sobre las tablas del Teatro Reina Victoria (que me encantó y que, si tenéis curiosidad, podéis leer lo que me inspiró en aquella ocasión en este post). Pero entonces me quedaba la espinita de no haber podido ver a la gran Lola Herrera en este mítico papel. De esa interpretación hablaban las crónicas de medio Madrid; mi tío Ignacio, al que tanto quise, hablaba de aquello como de algo mágico. Yo ya pensaba que Lola Herrera nunca volvería a ponerse en la piel de Carmen Sotillo, pero este año, coincidiendo con el 50 aniversario de la obra, nos ha regalado la oportunidad de volver a verla, y mi amiga Azahara (que sé que me suele leer) en seguida se acordó de mí y me avisó, así que sacamos las entradas semanas atrás y ayer disfrutamos de una estupenda tarde teatral y una experiencia inolvidable. 

Te sientas en el patio de butacas y ves aparecer a esta grandísima actriz que es Lola Herrera en un escenario con una escenografía minimalista, apenas unas sillas, un aparador y un ataúd, en la noche de velatorio de Mario Díez Collado, catedrático de instituto, irreverente izquierdista, en definitiva librepensador, que ha fallecido la mañana anterior de un ataque al corazón. Su viuda, Carmen Sotillo, se sienta al lado del féretro y comienza a hablar durante cinco horas que vuelan (en el teatro mucho más aún) en el que le echa en cara media vida.

El texto de Delibes es definitivamente increíble, capaz de burlar a la censura de la época (que está claro que no sabían lo que era una ironía), pone en boca de Carmen los valores del régimen mientras perfila con fina ironía aquel pensamiento diferente de la España soterrada, la de los vencidos, la que el régimen quiso acallar durante cuatro décadas.


Un retrato maravilloso y tremendamente inteligente de las dos Españas. Por un lado, la familia de Carmen, de inquebrantables principios, una niña bien, educada para ser mujer de su casa, para no dar que hablar, para mirar para otro lado y si se tercia aprovecharse del sistema, señoras bien conscientes de su clase y absolutamente carentes de conciencia. Por el otro, Mario, que venía de una familia muy diferente. Mario, con su integridad que le costó algún disgusto (y más a los ojos de su mujer), librepensador, conocedor del poder de las palabras, amante de los libros y alejado de los convencionalismos que tanto quería su mujer (ser amigo de un bedel, no comprarse un seiscientos, discutir con los guardias o empecinarse en ir al instituto en bicicleta, como los obreros, a pesar de ser catedrático). Un hombre consciente de la difícil época que vivía y, al contrario que su mujer, poseedor de una gran conciencia.

Pero a lo largo de esas cinco horas, además de reproches, Carmen terminará confesando cosas inconfesables para una mujer de su sobriedad y buen estar, que nunca ha dado que hablar. No debemos dejar de reparar en que el papel de Carmen Sotillo es un papel realmente difícil para una actriz, una mujer doble, que no pensaba por sí misma porque pensar era malo, al igual que las palabras, que al fin y al cabo no hacen otra cosa que transmitir ideas, el gran enemigo del régimen. Un papel lleno de matices que Lola Herrera lleva toda la vida interpretando de una manera mágica, que capta al espectador durante hora y media, ella sola sobre el escenario. Una obra y una interpretación maravillosas que dejan al espectador fascinado.

Palabras, Mario, a ti siempre te han perdido las palabras… 

Esas palabras que expresan ideas, esas ideas tan malas que nos hacen creernos lo que no somos. Esas ideas, Mario, esas palabras…

Y sin embargo las ideas y el pensamiento, la conciencia, son nuestra única patria como seres humanos.




Gracias a Lola Herrera por esa inmenso acto de generosidad que le ha llevado a hacernos este grandísimo regalo, a volver a meterse en la piel de Carmen Sotillo a sus más de ochenta años. 

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