EL CIELO QUE ME TIENES PROMETIDO

Vuelve el curso escolar y la rutina, pero también tiene sus cosas positivas, como la vuelta al teatro. En este verano he ido a ver un infantil (Blancanieves y los siete enanitos), una obra de adultos en julio (Ayuda) y otra en agosto (Trabajos de amor perdido), pero obviamente han sido dos meses de sequía teatral. Cierto que nos hemos dedicado a viajar, descansar, pararnos en esos instantes de absoluta felicidad frente al azul del Cantábrico… Pero también que echaba de menos esa sensación única de sentarte en el patio de butacas y esperar a que empiece la función.

Pero ya aviso que este otoño viene cargadito: tengo unas cuantas entradas ya compradas con fechas marcadas en mi calendario teatral (la próxima Incendios, en La Abadía, me muero de ganas por ver a Núria Espert) y acabo de estrenar temporada en el María Guerrero con El cielo que me tienes prometido, obra de la que hoy vengo a hablaros.

Hacía tiempo que no iba al María Guerrero, y me resulta raro, porque el Centro Dramático Nacional suele tener siempre obras que me llaman y suelo pasar por sus teatros con asiduidad. Pero si bien la temporada pasada fui al Valle Inclán, curiosamente no fui al María Guerrero, por lo que hacía fácilmente un año y medio que no pasaba por este teatro madrileño con tanto encanto y especialmente por el patio de butacas de su sala principal, absolutamente mágico. Siempre es una alegría volver al María Guerrero, que además lleva el nombre de una de las mejores actrices teatrales que ha dado este país.

Pero no me enrollo más en estos aspectos. Tenía muchas ganas de ver El cielo que me tienes prometido por muchas razones.

Me llamaba la atención el texto y la dirección de Ana Diosdado, que aunque estrenó esta obra hace año y medio, desgraciadamente murió hace casi un año, pero el elenco, capitaneado por María José Goyanes, ha seguido adelante con la obra.

También me interesaba el encuentro entre dos grandes mujeres de la historia: Teresa de Jesús y Ana Mendoza de la Cerda, más conocida como La Princesa de Éboli.

El elenco de actrices conformaba la tercera razón: la gran María José Goyanes, que creo que no se deja ver mucho sobre las tablas pero que siempre es un placer verla (yo la vi la última vez, si mi memoria no falla, hace ya demasiados años en el Teatro Galileo, en una de esas obras que llegaban hondo: Dile a mi hija que me fui de viaje), Irene Arcos y Elisa Mouliaá.

No necesitaba más para situarla la primera en mi calendario de vuelta al cole teatral. Y como ya habréis adivinado, no me defraudó en absoluto. 


La historia que reproduce es el encuentro, que se produjo realmente, entre Teresa de Jesús y la Princesa de Éboli, dos símbolos de su tiempo y dos mujeres con una visión de la vida absolutamente antagónica. Mientras Teresa llevó al extremo el sacrificio en la vida terrenal, la vida abnegada con escasez de todo, pasando hambre, frío, penurias etc., la Princesa de Éboli, devastada por la muerte de su esposo, ha vivido siempre de manera ampulosa, rodeada de muchas cosas bellas y cree que esta vida ya tiene suficientes sinsabores para añadirle más. La Princesa de Éboli se recluyó en el convento de Las Carmelitas de Pastrana tras la muerte de su esposo, destrozada por el dolor, pero no estuvo dispuesta a vivir bajo las estrictas órdenes de la congregación dictadas por Teresa. El duelo entre las dos mujeres, histórico e interpretativo en este caso, está servido.  

Entre medias se cuela la figura de Mariana, una joven sirviente de la princesa cuya vocación no es profesar como novicia, sino casarse con el preceptor de los hijos de la propia princesa. Su carácter jovial, alegre, dicharachero, marcará un magnífico contrapunto entre las dos personalidades de Teresa de Jesús y la Princesa de Éboli. 

El texto es realmente bueno, me gustó especialmente la escenografía, que de manera sencilla te transporta al convento carmelita de Pastrana. Sin duda se nota bien la mano de Ana Diosdado tras el texto y la dirección. Pero las tres actrices, absolutamente brillantes cada una en su papel, hacen que esta obra sea realmente magnífica. El duelo interpretativo entre María José Goyanes e Irene Arcos, como Teresa de Jesús y Ana Mendoza, la Princesa de Éboli, está servido. Con el estupendo contrapunto de Elisa Mouliáa en el papel de Mariana. Las tres brillantes, las tres defendiendo personalidades diferentes, que se sostienen maravillosamente por sí mismas en cada interpretación, pero que ganan mucho más en conjunto. 

Con un final fantástico, en el que las posiciones enfrentadas terminan teniendo un punto de conexión, aunque a veces parezca imposible. 

Magnífica obra y estupendo homenaje a la figura de Ana Diosdado, tristemente desaparecida. 

Comentarios

Esther ha dicho que…
Leo tus post teatrales con cierta envidia, siempre te lo he dicho, pero este año me he propuesto moverme un poco más de Estepona para tener acceso a ciertas actividades culturales.
ITACA ha dicho que…
Gracias, Esther, me siento muy afortunada por poder disfrutar de la oferta cultural madrileña. Hazte un viajecito hasta aquí pronto!

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