MIS ABUELOS

La historia de uno mismo arranca mucho antes de nacer, porque los que vinieron antes de nosotros nos forjaron de alguna manera, yo al menos lo creo. En el caso de los abuelos es más aún, porque si hemos tenido la suerte de compartir años con ellos, también nos han influido directamente a través de las cosas que hicieron por nosotros, de todo lo que nos legaron.

De mis cuatro abuelos tuve la suerte de conocerlos a todos. Lo pienso y me siento absolutamente agradecida. Mi hija por ejemplo no ha tenido esa suerte. Y con los cuatro viví, más o menos experiencias, que de una manera u otra me han marcado.

Empiezo por mi parte materna.

Mi abuelo Pepe, más conocido por muchos como el Señor Montero, era un hombre forjado a sí mismo. Salió de un pueblo minúsculo del territorio de frontera salmantino y terminó dirigiendo una empresa minera asturiana allá por los setenta. Dicen que me parezco mucho a él, en la parte social y afectiva y también en esa forma seria, a veces drástica, que tenemos de tratar los problemas (quien me conoce bien, lo sabe). Persona de carácter, con ideas claras, directo y buena persona, estoy muy orgullosa de parecerme a él, en lo bueno y también en lo malo, que casi siempre forja carácter. Se murió cuando yo aún no había cumplido siete años y él aún no tenía edad para morirse. Los recuerdos que tengo de él no estoy muy segura de que sean míos o de lo que me han contado, pero sí recuerdo que los viernes dormía en su casa y que él me dejaba su cama para que yo durmiese con mi abuela, que me hacía cosquillas en el sofá y que con él aprendí el Santa Bárbara bendita, himno de los mineros. De él sin duda es mi pasión por los perros, que la sandía sea mi fruta favorita y muchas de mis dotes sociales que su hija no heredó pero sí su nieta. Sé que políticamente habríamos tenido muchos encontronazos pero también que yo era su única nieta y que me quiso con toda su alma.

Mi abuela Aila, que en realidad se llamaba Áurea, del latín dorado. Mi abuela fue una señora bien del Oviedo de los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta… Quien conoce hoy Oviedo sabe que esa ciudad nunca ha abandonado el espíritu de La Regenta de Clarín, pero en aquellas décadas más aún. Mi abuela era una mujer elegante de ojos verdes, mujer de, a quien le costó mucho adaptarse a los nuevos tiempos. Pero era una buena persona, que conectó conmigo de una forma especial, como nunca logró conectar con su hija. Recuerdo de ella su amor a las plantas, su mano izquierda con los perros (era el gran Coronel para todos los que tuvimos), su cariño a veces seco pero intenso y verdadero. Los mejores recuerdos que tengo de ella, y es la abuela con la que más tiempo he pasado, se refieren a cosas tan simples como ponerme el pijama en el radiador y la sensación de ponérselo calentito sobre la piel; que me hacía cocido castellano que tanto me gustaba, sus pequeños detalles, incluso sus riñas. Con el paso de los años se reblandeció y en la vejez apareció su gran humanidad, se perdió su a veces inflexibilidad y se convirtió en una persona afectuosa y cariñosa. Se fue sin despedirse y tantas veces recuerdo lo que tantas veces me dijo: te acordarás mucho de mí cuando no esté. Y tenía razón, me acuerdo muchísimo de ella y no puedo más que estarle eternamente agradecida, porque probablemente no fuese una abuela al uso, pero a veces hizo de madre, otras de abuela, pero se preocupó por mí y por mi bienestar y quiso que así fuese, incluso después de su muerte. Me acuerdo tanto de ti, Aila.


Y ahora sigo con la rama paterna.

Mi abuelo Anastasio fue agricultor en una Castilla helada. Un hombre fuerte, duro, que sacó a su familia adelante y logró que sus seis hijos, que salieron de un pueblo que casi no sale ni en los mapas, tuvieron todos ellos carrera universitaria y un futuro mucho mejor. La verdad es que yo nunca encajé con él, éramos muy diferentes, pero le reconozco y le he reconocido desde hacer tantos años cuánto le debemos. Porque si no hubiese sido por él, su buena cabeza y su esfuerzo, ninguno estaríamos donde estamos ni hubiésemos vivido la vida que llevamos. Él, que siempre nos decía a sus nietos: vosotros habéis nacido de pie. Al final de su vida conecté más con él, con su humor y su cariño. Dejó una fuerte huella en su familia, en cada uno de nosotros de un modo diferente. Y sobre todo nos dio la lección de morirse tranquilo, sabiendo que ya había hecho por su familia, por lo que tanto había luchado, tanto como había podido hacer y aún más. Ya no le quedaba nada, sus hijos eran mayores y tenían a su vez hijos, casi todos también mayores, incluso nietos. Y él quería morirse y dejar que los demás viviésemos nuestras vidas. Probablemente es el abuelo del que menos tengo, más allá de esa sensación de tener casi siempre frío que compartimos, o de ir por la vida con chaqueta en agosto… nadie nunca me ha entendido, excepto mi abuelo, que era igual. Pero aunque no congeniásemos mucho durante décadas, sí lo hicimos los últimos años y le debo también un agradecimiento infinito por lo que hizo por sus hijos.


Mi abuela Agusti, la única que aún vive, aunque sin duda está en el final de su camino. A mi abuela hay que haberla conocido para saber lo que significa de verdad ser una gran mujer. No hay palabras que le hagan justicia suficiente, esa gran mujer, de una fortaleza inagotable, que vivió una vida difícil y dura, con seis hijos, que trabajó dentro y fuera, espartana, castellana, recia y que sin embargo tenía una dulzura íntima y profunda. Yo soy infinitamente más cariñosa que ella pero conecté con ella, y ella conmigo, como creo que pueda conectar con muy pocas personas a lo largo de mi vida. Mi abuela, mi querida abuela, que personalmente siempre me adoró, siempre me apoyó y me quiso infinitamente, y que aún me quiere. A veces demasiado dura, a veces demasiado seca, pero infinitamente abuela, infinitamente madre, infinitamente querida. Físicamente me parezco mucho a ella y a su familia, los Yanguas, y me siento tan orgullosa de ella. A ella le está costando asumir el final del camino, no lo hace del modo que consiguió hacerlo mi abuelo. Ella ha sido la gran madre, que bajo sus alas cabíamos todos. Y yo nunca jamás, ni aunque viviese mil vidas, podría olvidarla. Mi agradecimiento por ella, por todo lo que hizo nunca será suficiente.

El tiempo que vivimos con nuestros abuelos es un tiempo feliz y un regalo único que nos da la vida. Estoy atravesando una época un tanto melancólica, debe de ser el tiempo, que sin duda influye, y no quería dejar pasarlo sin escribir esta pequeña reflexión sobre mis abuelos y la indeleble huella que han dejado en mi vida

Comentarios

Esther ha dicho que…
Qué bonito lo que has escrito! Mientras iba leyendo he ido dando un repaso a mi propia historia famliar y a mis abuelos, a quienes también he tenido la suerte de conocer, algunos me han acompañado hasta hace muy poquito. Un abrazo.
Azahara ha dicho que…
Aunque hoy no hayas escrito un "viernes vital" me ha encantado. Y me ha dejado alucinada la descripción de tu abuela Áurea es como si describieses a mi abuela materna, Felicitas. Se parecen hasta en que el nombre es en latín :).
Leira ha dicho que…
Ayer precisamente me dijeron que Aúrea es un nombres muy freceuente en Asturias. Yo no tuve esa suerte con los abuelos, una se fue demasiado pronto, la otra era muy despegada, si acaso con el abuelo materno, el pobre, mucho lloré después de que se fuera, fue muy injusta la vida con él. Genial.
Tracy ha dicho que…
Me ha encantado leer el homenaje que le has hecho a tus abuelos, de ellos, como los de cada cual, todo lo que se diga es poco, son seres encantadores que dan todo por los nietos. Yo sólo conocí a mi abuela materna y ya era mayor, pero de todas formas tuve una relación que recuerdo día a día.
Me uno a tu homenaje.
Un abrazo
ITACA ha dicho que…
Gracias Esther, mi abuela está al final del camino. La fui a ver este sábado, le queda ya poco y es el fin de una era. Los abuelos son tan importantes, especialmente en la infancia.
ITACA ha dicho que…
Ya ves todo lo que tenemos en común, estábamos predestinadas a hacernos amigas, AZ! ;)
ITACA ha dicho que…
Es una suerte compartir un trocito de nuestra vida con los abuelos, pero la vida es como es y a veces no es posible.
ITACA ha dicho que…
Muchas gracias, Tracy ;)

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